Lecciones del escándalo de la carne de caballo para la era post-Covid19

La trazabilidad de los alimentos está amenazada

A principios de 2013, después de varias semanas de investigación, se encontró carne de caballo en varias cadenas de supermercados en Irlanda, dentro de lotes de carne molida etiquetada como de vacuno. Las investigaciones, inicialmente limitadas a este caso particular, pronto desencadenaron en un debate más amplio sobre la trazabilidad de alimentos. Se reveló que casi todos los países europeos se encontraban más o menos involucrados en este asunto del etiquetado fraudulento, incluyendo también a los diferentes intermediarios de la cadena; mataderos, comerciantes, mayoristas, procesadores, grandes marcas y distribuidores.

Pese a que son fenómenos de diferente naturaleza, la reciente epidemia (Covid-19) y “el escándalo de la carne de caballo” tienen en común la mala trazabilidad de ciertos alimentos. Podemos mirar a aquel caso más lejano para trazar paralelismos y aprender algunas lecciones.

Responsabilidad y la influencia del consumidor

La gestión de crisis consiste esencialmente en identificar los lotes de productos afectados, retirarlos y jugar la carta de transparencia para mitigar el escándalo con los consumidores. En esa época, estos últimos eran considerados principalmente como las “víctimas”, engañados por los industriales que sustituían la carne de vacuno por la de caballo en su lasaña. Sin embargo, ¿es realmente inexistente su responsabilidad en esta situación? ¿No es también porque queríamos comer proteína animal más rápido, más barato y de buena calidad que terminamos en esta situación?

Por supuesto, la idea no es excusar a los productores. Depende de ellos gestionar mejor la seguridad y la calidad de los suministros. Sin embargo, la oferta y la demanda se influyen mutuamente de manera sistemática. Sin mirar a evaluar qué fue primero, es importante denotar que el poder del consumidor para cambiar las cosas es real. Para el 2013, la penalización fue inmediata: las ventas de comidas preparadas congeladas cayeron inmediatamente y la reputación de las empresas del sector se vio afectada.

La amnesia colectiva ha hecho su trabajo. El cuestionamiento por parte de los consumidores solo se limitó a esta categoría de productos y las empresas en cuestión pudieron salir diversificando su oferta.

Elegir un antes y un después para nuestra comida

La salida de la crisis actual promete ser diferente, ya que estamos comenzando a pensar en “cómo no hacer lo que hicimos antes”, y eso en todas las áreas, ya que el impacto del Covid-19 es generalizado. Tienes que adaptarte para ser resistente, para prepararte para una nueva epidemia, incluso para evitarla. Las esperanzas de que exista este “antes / después” son mayores, ya que muchas reflexiones se unen a la conciencia observada en los últimos dos años con respecto a la transición ecológica y social.

Con respecto a los alimentos, los problemas planteados por la crisis de Covid-19 son particularmente amplios, y se esperan cambios a largo plazo. No se trata solo de recuperar volúmenes perdidos. Se plantea la cuestión, por ejemplo, de reorientar los recursos locales o nacionales para alimentar a la población de manera más independiente y evitar que nuestros sectores agrícolas se hundan. ¿Encuentra solo frutas y verduras españolas en los estantes de nuestros supermercados? Muchos consumidores lo soñaron, los distribuidores lo hicieron, en pocos días. ¿Comunicación oportunista de su parte o deseo real de cambiar el modelo para reubicar nuestros alimentos? Lo sabremos pronto. Mientras tanto, el equilibrio sigue siendo frágil y los consumidores tendrán que permanecer unidos con los distribuidores y productores.

Esta es una nueva relación tripartita que debe establecerse. ¿Qué queremos para nuestro consumo mañana? Depende de nosotros decidir, juntos, y ahora.

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